- ¡Faustino!...¡¡¡Faustino!!! ¿Dónde has aprendido a volar así con tus ovejas?
- Yo no tengo ovejas - contestó Faustino, impresionado - sino cabras montesas.
Aparicio se volvió, consternado. Comenzó a alejarse, pronto le esperarían en casa. La niebla y el rocío del amanecer ocultaban las casas del pueblo, y muy a duras penas podía ver más allá de dos metros de camino. Pisaba los excrementos de las ovejas de Faustino, y en su dedo gordo del pie izquierdo notaba el contacto directo de la piel con la suela del zapato, fría. Una lástima, lo de los calcetines rotos. ¡Quién pudiera irse a vivir a la ciudad!
- Aparicio, no seas tímido y te ocultes detrás de un árbol.
- No te preocupes, Faustino, no lo haré. Hoy tenía pensado tomarme el vinillo antes de comer.
- Luego nos vemos, pues.
- ¡Ale!
Aparicio volvió a la casa, donde sus hermanas, muy religiosas ellas, le aguardaban para comunicarle las tareas del día. Habían comprado caramelos, y los había de todos los sabores: rojos, verdes...¡incluso turquesa! Seguro que esos sabían a queso, pensó Aparicio, con una sonrisa algo desdentada en la cara. Pero esos caramelos, tenían que haber sido comprados anteriormente, porque a esas horas todavía no estaban abiertas las tiendas del pueblo. Así que le ocultaban algo, como ocurría a menudo. Ya estaba acostumbrado.
Ese día, le tocó limpiar la chimenea, y sacar a los tres perros a dar una vuelta, y pudo comprobar que apenas había mejorado el tiempo, permanecía muy nublado, aunque la niebla se había disipado en su mayoría. A la vuelta del paseo, se sentó y comió un caramelo de fresa. Después eligió el turquesa. Era un caramelo de queso, pensó erróneamente otra vez.
- Este caramelo de queso sabe demasiado a cebolla - se dijo en voz alta. Luego se tranquilizó pensando que las cebollas no eran azules.
La tarde la tuvo libre. Sus hermanas, solteras, se pusieron a hacer ganchillo, mientras los últimos rayos de luz penetraban tras las cortinas blancas. Uno de esos rayos se posaba débilmente sobre el teléfono, cuyo cable no estaba enmarañado. La cena serían tres filetes de pollo que sobraron al mediodía, y un poco de caldo de cocido que ayer no se apuró. Cuando Aparicio volvió, eran las nueve menos cuarto. Las hermanas le pusieron la mesa y asimismo le sirvieron la comida en el plato. Se cenó en silecio. Siempre se comía y cenaba en silencio en aquella casa, agradeciéndole a Dios que ningún hombre se hubiera fijado en ellas. Por un instante la duda colmó sus vasos. Cada noche ocurría; se miraban por un instante a los ojos y...nada. No había nada. Al segundo ya volvían las dos a su habitual orgullo de ser castas y vírgenes.
Y Aparicio sería loco...pero siempre lo último que pensaba al acostarse era: ¿y dónde está el hombre de esta casa? Y acto seguido, cerraba sus ojos azules, como el caramelo.
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